Castalia

 EL ETERNO RETORNO DE DIONISO

                             (SOLO SE MUERE DOS VECES)                            

Frank G. Rubio

 

 

 El camino hacia arriba y hacia abajo son uno y el mismo.

Heráclito.

 

En un mundo de realidades cada día más afectadas por el imperativo de las comunicaciones digitales, la masificación robótica de los habitantes de las megalópolis, la automatización de la mayor parte de las tareas, incluidas las “intelectuales”, y la emergencia de ideologías nihilistas que apuestan descarnadamente, con insana verborrea antifilosófica, por la sumisión de lo vital a lo inerte, es una buena noticia un libro como El despertar del alma, del profesor David Hernández de la Fuente, dedicado a esa fuente de vida y de afirmación de la voluntad que es Dioniso.

 

   Dios que procura gozo a los mortales, dios de la otredad y de la máscara, Dioniso tenía una doble vertiente: una pública y teatral, donde encarnaba la cohesión comunitaria y la reconciliación ciudadana, y otra, privada y secreta, como patrón de los Misterios.

 

Un dios loco y un dios niño, profundamente griego y totalmente inserto en nuestra ya crepuscular a-cultura que implicaba en gran medida la integración de lo rústico en la polis. Un dios, también, de las mujeres, que no olvidaba ni a madres ni a esposas. Asimilado a Osiris en la Antigüedad tardía y a Cristo con la llegada del cristianismo, es el dios que se aparece y que se acerca. La ebriedad y el vino son sus manifestaciones más visibles, mientras que su identificación con las bestias salvajes remite a arcaicos mitemas de los que da cuenta la variante preórfica del dios, representada por Zagreo el Gran Cazador.

 

Dioniso y Ariadna, por Tiziano, circa 1520

 

El despertar del alma es un libro hexápodo dividido en seis despertares que van agotando, siguiendo un orden lógico y cronológico, las semblanzas diversas de la mitología del dios que muere y renace: liberador de la naturaleza humana e inspirador de un conocimiento divino; portador del espejo y el látigo. Tanto la educación moral de la polis, a la cual en modo alguno le es ajena la génesis del teatro que tiene en Dioniso su máxima inspiración, como la categoría de la “mujer dionisíaca”, en la cual vida renovada y amor regenerador confluyen más allá de las rudimentarias retóricas de género, son dos de los muchos aspectos de los que se ocupa este sofisticado y omniabarcante trabajo. David Hernandez de la Fuente, su autor, es escritor y profesor universitario especializado en Historia Antigua; ha recibido numerosas distinciones nacionales e internacionales y es autor de numerosos artículos y libros. Destacar entre estos últimos: Las puertas del sueño (2005, Premio de Narrativa Joven de la Comunidad de Madrid), Vidas de Pitágoras (2011; Siruela) o Lovecraft:una mitología  (2017; Materia Oscura).

 

   El siglo XIX fue en gran medida el siglo del retorno de Dioniso a nuestro mundo. Muchas han sido sus manifestaciones o regresos, tras nunca evaporarse del todo su presencia entre los hombres. Arquetipo de la disolución y amalgama entre niveles diferentes de la humanidad y la divinidad,

 

Platón mismo en Las leyes se somete a su filosofía: la pedagogía de la Ciudad Ideal y la necesidad concomitante de tratar el complejo de culpa precristiano en los humanos, que se consideraba vinculado a su naturaleza en parte titánica, hicieron al Divino dar una importancia desmesurada a la faceta del dios como procurador de la felicidad colectiva. Esto, en cierto modo, devendría doctrina oficial con Virgilio durante la época imperial augusta, que selló en La Eneida, sublimando las concepciones sobre los orígenes de la Edad de Oro y su potencial recuperación. El cristianismo proseguirá esta dinámica, reinterpretando según sus propias claves supuestamente reveladas, con Lactancio y Agustín de Hipona.

La edad mítica de la comunión entre dioses y hombres regresará tras la llegada de Kalki y la pertinente, obligada y gozosa destrucción de todos y cada uno de los ejemplares del “último hombre”, dando fin al Kali Yuga. Porque no hay nada más opuesto a Dioniso que “Nihil Desencadenado”, el abominable egregor arimánico de “hombres” y Maquina de las Postrimerías, es decir: la corrosión máxima y artificiosa de lo prometéico y lo faústico;  el modo de advenimiento de la Supermáquina, originada en 1943, y tripulada por los portadores de la falsa luz de los cuales el maniqueísmo fue avanzadilla hace más de mil años. Hoy, se arrastran camuflados tras los alquimistas negros de Silicon Valley y disfrazados de científicos o publicistas. Pero retornando al libro que nos ocupa, al mitema que tan bien plasmó Tiziano del despertar de la cretense a una nueva vida, señalar que Dioniso es laberinto a través de cuya oreja penetra Ariadna; figura esta última del eterno femenino que obsesionó al “viejo cabeza de pólvora” que pensó al Superhombre como reacción suprema originada por la unión del dios, tras quien danzan ménades y sátiros, con la abandonada por Teseo. El autor da gran importancia a los aspectos musicales que han tratado de dar cuenta de diversas facetas del mito. El lamento de Ariadna, inmortalizado por Monteverdi y Rinuccini, precede a su resurrección. Los orígenes de la ópera en Italia están, después de todo, vinculados al dios, pues tratábase de revivir la Tragedia, el arte dionisíaco por excelencia. Un mito doble el de Ariadna, que se inicia como auxiliar mágica de Teseo para culminar en el encuentro y desposorio con el numen. Una imagen encarnada de diosa lunar purísima y brillante: Luz del Padre, León del Señor, Señora del Laberinto o de la miel…

 

   Ariadna, pues, es “la novia eterna”, el paradigma, junto con la ménade, de la mujer dionisíaca.  Su abandono, su encuentro, su muerte y su apoteosis final, son adecuada alegoría del devenir del alma y las peripecias iniciáticas y transformaciones secuenciadas en los ritos secretos de los Misterios. 

 

Como señalaba Nietzsche: Dioniso es la afirmación pura; Ariadna la afirmación reiterada, el “sí” que responde al “sí”. Pero desdoblada, la afirmación retorna a Dioniso como afirmación que reitera.